miércoles, 22 de julio de 2009

Breve esbozo analítico al Freudmarxismo [parte II]

II



¿Pero como podemos distinguir y contraponer entre necesidades reales y necesidades no-reales? ¿Cuál es la aspiración de la humanidad como solución a la crisis neurótica en que vive? ¿Está la respuesta en un campo político-económico o en un campo psicológico-filosófico?

La respuesta se encuentra en la misma sociedad, en su contexto psicológico histórico, esto quiere decir, en el papel del individuo en la sociedad. El trabajo enajenado es la clave del entendimiento de la psicología de las masas, de la razón y comprensión dialéctica del hostigamiento que siente el individuo por la vida.

Todos los progresos técnicos y científicos, que son la conquista del hombre sobre la naturaleza, la racionalización del hombre y la sociedad; no han eliminado y no pueden eliminar la necesidad del trabajo enajenado, la necesidad de trabajar mecánicamente, sin placer, de una manera que no representa la autorrealización individual. “Sin embargo, la misma enajenación progresiva aumenta la potencialidad de la libertad: mientras mas ajeno al individuo llega a ser el trabajo necesario, menos lo envuelve en el campo de la necesidad “. (H. Marcuse, Eros y Civilización)


Sin duda alguna, toda forma de sociedad, toda civilización tiene que imponer el tiempo de trabajo para procurarse las necesidades y lujos de la vida. Pero no todas las formas y modos de trabajo son esencialmente irreconciliables con el principio del placer. Las relaciones humanas conectadas con el trabajo pueden “proveer una considerable descarga de impulsos de componente libidinal, narcisista, agresivos e inclusive eróticos” (El malestar de la cultura, Freud). El irreconciliable conflicto no es entre el trabajo (principio de la realidad) y Eros (principio del placer), sino entre el trabajo enajenado (principio de actuación) y Eros.


Sin embargo, hay alguna validez en el argumento de que, a pesar de todo el progreso técnico y científico que exista en la sociedad moderna, la escasez y la inmadurez permanecen en grado suficiente para impedir la realización del principio “a cada quien según su capacidad y a cada quien según su necesidad” (principio comunista). Los recursos materiales y mentales de la civilización son totalmente limitados, y obligarían a que hubiera un descenso del nivel de vida si la productividad social fuera dirigida hacia la gratificación universal de las necesidades individuales: muchos tendrían que dejar las comodidades artificiales si todos fueran a vivir una vida mas humana.


Más aun, la estructura internacional prevaleciente en la sociedad moderna parece condenar tal idea al ridículo. Pero esto no valida la verdad teórica de la afirmación sobre que el principio de actuación ha llegado a ser inútil. La reconciliación entre el principio del placer y el de la realidad no depende de la existencia de abundancia para todos. La única pregunta pertinente es si puede visualizarse razonablemente un nivel de civilización en el que las necesidades humanas sean satisfechas de tal manera y a tal grado que la represión sobrante (excedente) pueda ser eliminada.


Tal estado hipotético puede ser asumido razonablemente bajo dos puntos de vistas, que están en los polos opuestos de las vicisitudes de los instintos: uno puede ser localizado en los principios primitivos de la historia, el otro en su estado más maduro. El primero se referiría a una distribución no opresiva de la escasez (como puede haber existido, por ejemplo, en las fases matriarcales de la antigua sociedad). El segundo pertenecería a una organización racional de la sociedad moderna totalmente desarrollada, después de la conquista de la escasez. Las vicisitudes de los instintos serian, por supuesto, muy diferentes bajo estas dos condiciones.

Pero un aspecto decisivo debe ser común a las dos; el desarrollo instintivo será no-represivo en el sentido de que al menos la represión excedente necesaria a los intereses de dominación no será impuesta sobre los instintos de los individuos. Esta cualidad reflejara, antes que todo, la satisfacción de las necesidades humanas básicas (muy primitivas en el primero estado, vastamente extendido y refinado en el segundo), tanto sexuales como sociales: la alimentación, la habitación, la vestimenta, el ocio, el dormir. etc. Esta satisfacción se debe realizar (y este es el punto importante) sin fatiga –esto es, sin mando del trabajo enajenado sobre la existencia humana--.

Bajo condiciones primitivas, la enajenación no había surgido todavía por el carácter primitivo de las mismas necesidades (en este contexto histórico), puesto que había un rudimentario carácter de la división del trabajo y además una ausencia de institucionalización jerárquica y especializada de las funciones. Bajo las condiciones “ideales” de la civilización moderna, la enajenación debe ser consumada por la automatización general del trabajo, pero no como trabajo represivo sino como el libre juego de las facultades humanas.

El juego esta sujeto por completo al principio del placer; el placer esta en movimiento mismo en tanto que activa todas las zonas erógenas del cuerpo. “El aspecto fundamental del juego es que es gratificante en si mismo, sin servir a ningún otro propósito que esa gratificación instintiva”. El trabajo, por otro lado, sirve a fines ajenos a si mismo -o sea, los fines de la autopreservación- . “El trabajo es el esfuerzo activo del Ego (…) para obtener del mundo exterior lo que sea necesario para su autopreservación” (H. Marcuse, Eros y Civilización)

Así es el propósito y no el contenido es el que diferencia a una actividad como juego o como trabajo. El trabajo puro y simple es la principal manifestación del principio de la realidad. En tanto que el trabajo es condicional del retraso y la desviación de la gratificación instintiva de los individuos. Es por eso que los síntomas neuróticos de los individuos de esta civilización se hacen cada vez más notorios, a medida que el avance tecnicista lo requiere y el “progreso” lo amerita. El trabajo como libre juego no puede estar sujeto a la administración; solo el trabajo enajenado puede ser administrado mediante la rutina racional.

Con la aparición de un principio de la realidad no-represivo, con la abolición de la represión excedente necesaria al principio de actuación, este proceso seria invertido. En las relaciones sociales, la reificacion seria reducida conforme a la división del trabajo llegara a estar orientada hacia la gratificación de las necesidades individuales libremente desarrolladas (en parte son las necesidades reales); mientras que, en las relaciones libidinales, el tabú sobre el uso total del cuerpo seria debilitado. Sin ser empleado ya como instrumento del trabajo de tiempo completo, el cuerpo seria sexualizado otra vez.

“El cuerpo en su totalidad llegaría a ser un objeto de catexis, un objeto de goce: un instrumento de placer”. Este cambio en el valor y en el panorama de las relaciones libidinales llevaría a una desintegración de las instituciones en las que las relaciones privadas interpersonales han sido organizadas (particularmente la familia monogámica y patriarcal).

“Estos aspectos parecen confirmar la suposición de que la liberación instintiva puede llevar a una sociedad de maniacos sexuales –esto es, el fin de la sociedad- . Sin embargo, el proceso que acabamos de bosquejar envuelve no solamente una liberación, sino también una transformación de la libido: de la sexualidad constreñida bajo el dominio genital a la erotizacion de toda la personalidad. Es un esparcimiento antes que una explosión de la libido –un esparcimiento sobre las relaciones privadas y sociales que tiene un puente sobre la grieta mantenida entre ellas por un principio de la realidad represivo-. Esta transformación social que permitiría el libre juego de las necesidades y facultades individuales”. (H. Marcuse, Eros y Civilización)

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